Aventuras en alta mar....el primer viaje de mi vida

16.07.2018

Hoy vengo a contar una bonita historia de un viaje, el primero de mi vida.

Corría el verano de 1991, y mi padre había decidido que quería dejar de navegar para estar con su familia, por lo que haría ese último viaje y ya.

Como era verano y duraría lo que mis vacaciones, decidieron llevarme con ellos. Así que ahí nos fuimos los tres.

El barco, Sorolla, estaba atracado en el muelle de Atenas, con lo cual fuimos a Madrid y desde allí en avión (la primera vez que volaba) hacia la capital griega. ¡Qué bonito es el Partenón visto desde el cielo!

Una vez cogido el barco, la primera escala era Lagos (Nigeria). Tengo muchas fotos de allí, sobre todo de los cayucos con los que navegaban por el río. Me llamaron sobremanera la atención, que le vamos a hacer, a mis 7 años estaba flipando. Algunos, incluso, eran cayucos-taxi. También vinieron al barco a vendernos todo tipo de cosas, ataviados con las ropas de allí. No olvidaré a una señora con un vestido morado con estampado de plátanos.

Tras unos días arrancamos dirección Rosario (Argentina). Con lo cual iba a cruzar el ecuador, esa línea que divide en dos hemisferios nuestro planeta (pensé que vería una línea blanca en el mar... recuerda que tenía 7 años).

Por si no lo sabes, según la tradición marinera, la primera vez que se cruza el ecuador te bautizan. El bautizo consistió en un buen manguerazo y un diploma que tengo colgado en la habitación de Lara.


Durante el camino a Rosario, uno de los cocineros y yo rescatamos una bonita paloma blanca a la que había herido uno de los camareros. Le hicimos una caja de cartón y la cuidamos. Se llamaba Mimosa, como una de las estrellas de La Cruz del Sur (constelación que solo se vé en ese hemisferio).

En Rosario estuvimos unos días, con lo cual pudimos salir del barco y dar una vuelta. Yo me compré una barbie cuyo bañador cambiaba de color al bañarla jajaja. Además había que ir abrigados porque allí era invierno.

De ahí hacia nuestra penúltima escala en Brasil. Recuerdo salir con mis padres en taxi a una tiendina donde compraba rocas y todo tipo de cosas (me traje un collar y un corazón morados), y flipar al ver unas cuantas pirañas disecadas.

Antes de partir ya para Barcelona, soltamos a la paloma que ya estaba recuperada y allí la dejamos rodeada del maíz que llevabamos en las bodegas.

En Barcelona, que bonita estaba ya preparándose para los Juegos Olímpicos, mi madre y yo dimos una vuelta por el centro.

Y vuelta ya para casa...

¿No se aburre una niña de 7 años en un barco tres meses? Imposible. Hacía guardias en el puente, me enseñaron a leer cartas de navegación, a usar el sestante, a mirar los radares, incluso morse. El radio que llevabamos al principio del viaje me enseñó trucos de magia a cambio de que merendara fruta. Mi madre tuvo también a bien enseñarme la tabla de multiplicar y ponerme deberes para el próximo curso. Incluso me calló un diente en algún lugar del hemisferio sur (y lo que tardó después en salir el definitivo...) y el ratoncito me mandó un telegrama.

Y hasta aquí mi primera aventura. Otro día os cuento el interrail.

¿Has tenido alguna aventura parecida?

Que tengas una muy buena semana,

Sara